La transformación empieza por uno

Por Ernesto Rey

Publicado en Perfil, el pasado 7 de febrero

Argentina es un país que fue grande y que entró en un largo periodo de decadencia. La educación, la seguridad, la justicia son signos contundentes, pero no son los únicos que nos exteriorizan este deterioro. La desfachatez y la falta de vergüenza de parte de nuestros dirigentes, supera cualquier capacidad de asombro. El vale todo suele ser  la regla tanto  para oficialismo como para la oposición.

¿Por qué de tanta tolerancia de toda una sociedad a tan desvergonzado accionar?

El crecimiento de la pobreza e indigencia y los sufrimientos del pasado reciente, pueden ser parte de la explicación .Quienes a diario luchan por sobrevivir, difícilmente puedan ser las voces demandantes de mayor institucionalidad. Pero el silencio o el aplauso de buena parte de la clase dirigente, ¿cómo se explican?

En el terreno de las hipótesis podemos mencionar tres posibilidades: silencios por ser beneficiados, silencios por miedo a ser perjudicados, o silencios por desidia (algo parecido como: a mí que me importa y para qué me voy a meter). Estos silencios, a pesar de implicar distintas responsabilidades individuales,  en términos de resultado final tienen el mismo efecto devastador. Esperamos que “alguien” u “otros” sean los pioneros del cambio. En el caso de los dos primeros silencios, se ven acentuados por una cultura que ha confundido el “ser” con  el “tener”. Esto ha hecho que cualquier alternativa que implique el riesgo a tener menos, termine siendo percibida como riesgo a “ser” menos.

Sindicalistas, políticos, empresarios, han mostrado alternativamente asumir alguna de las tres posiciones. En  los últimos 50 años el establishment ha sido mayoritariamente cómplice por acción u omisión.

Más que juzgar sus conductas, debemos  reflexionar sobre qué sucedería si nos involucráramos. Algunos ejemplos de vida como el del empresario Enrique Shaw, debieran ser un claro signo de esperanza.

Cierto es que no es justo demandar a nadie conductas de mártir. Los comportamientos mafiosos se han hecho tan carne en distintos ámbitos  de nuestra sociedad, que sin duda la tarea es difícil y, en oportunidades, peligrosa. Pero si queremos que nuestros hijos vivan un país distinto, tendremos que asumir mayores compromisos y pagar algunos “costos”. Cuanto más participemos en, partidos políticos, ONGs, asociaciones profesionales, movimientos barriales, tendremos mayor probabilidad de éxito.

El miedo a involucrarnos no puede hacernos olvidar el “suicidio colectivo” que implicará seguir como hasta ahora pretendiendo que el problema lo resuelva otro.

Un caso que vale la pena ser mencionado es el rol actual del poder judicial. Es consenso mayoritario las ventajas de contar con una Corte Suprema “no menemista”. Pero no podemos olvidar, aunque resulte  políticamente incorrecto decirlo, que esta Corte mira de costado la comisión de delitos penales como el corte de rutas, el robo de aportes jubilatorios o la adulteración de estadísticas que permitirían mejorar los diagnósticos en distintas materias sociales.

No va a producirse ningún cambio por el mero traspaso generacional. Si hasta profesionales y docentes de Universidades que supuestamente defienden la libertad, son cómplices y promotores de violaciones del derecho de propiedad. No demandemos a nuestros hijos aquello sobre lo que no nos animamos a dar testimonio con nuestro ejemplo personal.

 

La paradoja es que la transformación que menciono resulta tan difícil como fácil. Los afectados darán batalla, pero el cambio depende de todos nosotros y comenzará simplemente con nuestro ejemplo cotidiano. Algunas señales recientes en materia de control de poderes nos permiten tener una fuerte dosis de esperanza.

Con creatividad, honestidad, tiempo y trabajo, no hay nada que pueda impedir que Argentina sea un país donde podamos vivir en paz y libertad y con plena vigencia del respeto a la ley.

Ernesto Rey

Docente Universitario. Consultor. Miembro ACDE- IAEF.  

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